La generación burbuja

 In Blog-2017

 

¿Alguna vez te ha pasado que gritas a tu hijo desde el otro extremo de la habitación cosas como: “¡Ten cuidado!”, “¡no hagas eso que te puedes caer!”? Incluso mientras escribo esto, mis hijos están corriendo y jugando por todas partes y estoy al borde de decir cosas de ese estilo muchas veces.

Hace unas semanas recibí una llamada del colegio de Noah. Me dijeron que se había caído y golpeado su cabeza de una manera muy dramática. Su profesora se oía alarmada pero no angustiada, solo me dijo que estaba llorando mucho pero que parecía estar bien. Ahora, Noah es el mayor y tiene una naturaleza muy dramática. Si se corta y ve sangre, llora como si su dedo se fuera a caer. Así que le dije algo como: “Está bien, manténganos informados pero estoy seguro de que está bien”. Dos horas después me envió una foto del chichón (hematoma) que parecía que había explotado en su cabeza. En ese momento pensé: “¡¡Voy a recogerlo de inmediato!!”
¡Nunca había visto algo así! Era un enorme chichón alargado que sobresalía como a dos o tres centímetros de su frente. Seré honesto, estaba muy alarmado y en ese momento vinieron muchos pensamientos a mi mente… esos pensamientos de “y qué tal si…”
Resultó que estaba completamente bien. Hablamos con el doctor y también con mi mamá que trabajó en un pabellón infantil y había visto millones de golpes como ese. Ambos dijeron lo mismo, que la frente y la piel a su alrededor es –cito textualmente– “escandalosa”. Se ve mucho peor de lo que en realidad es.
Esto me hizo pensar que a veces dejamos que el miedo gobierne nuestras vidas y terminamos restringiendo las experiencias de nuestros hijos. El temor se origina a veces en un evento o algún suceso del pasado que nos trajo el pensamiento “y qué tal si…”, que luego regresa en cada momento o cada juego que nuestros niños viven.
Esto me sucedió hace algunos meses y casi toma el control de mi vida. Estaba bajando una escaleras con Noah sobre mis hombros y cuando llegué al piso, mis zapatos quedaron sobre un charco de agua. Sin mucho agarre en las suelas salí volando hacia atrás con Noah sobre mí. Caímos en las escaleras con la baranda al lado. La verdad es que cualquier cosa pudo haber pasado y los pensamientos de “y qué tal si…” comenzaron a invadir mi mente mientras salíamos del restaurante en el que estábamos. Fue una verdadera batalla en la mente. ¿Iba a permitir que el miedo tomara el control? ¿o le iba a ceder el control a la gratitud y a la paz?
Nada pasó. Noah estaba bien, al igual que yo. Muchos “y que tal si…” pudieron haber sucedido pero al final ninguno pasó. Dios siempre cuida a sus hijos. No quiero que las vidas de mis hijos sean gobernadas por mi miedo a “y qué tal si…”. Sucede lo mismo con la enfermedad, podemos comenzar a imaginar lo peor y ahí entra el “y qué tal si…”.
Por supuesto, siempre tenemos que ser sensibles, cuidadosos y tener límites, pero eso es sentido común. La meta es crear ambientes divertidos en donde no tenemos que estar gritando todo el tiempo cosas como “no hagas eso” o “ten cuidado”, o llevarlos al médico cada vez que tosen. Deja que caminen por el borde del andén y se diviertan. Deja que jueguen con espadas y escudos y no te preocupes de que se vayan a lastimar. Seguramente lo harán, pero es parte del crecimiento, ¡especialmente de los niños! Ellos se cansan de escuchar siempre lo que no deben hacer, deja que hagan cosas divertidas con un poco de riesgo (controlado), calculado pero igual un riesgo. ¡No sientas que tienes que envolver a tus hijos en papel de burbujas o colocarles una armadura cada vez que salen de la casa!
¡Deja que vivan un poco!
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