Como en “Fun House”

Rich Harding

Cuando era un niño (¡no fue hace mucho!), había un programa de televisión que me encantaba mirar con mis hermanas. Se llamaba Fun House (La casa divertida), era un programa para niños en donde las personas competían entre sí. Recuerdo que anhelaba ser parte de ese programa. Estaba lleno de juegos increíbles, carreras de karts y laberintos, pero creo que mi parte favorita era el final. A veces, ¡los ganadores podían lanzar a sus padres pintura y otras cosas! (¡tal vez por eso mi papá nunca me permitió postularme!).

Pensar en esto me hace preguntar: ¿Qué tan divertida es tu casa y qué tan lejos estás dispuesto a llegar como padre para hacerla divertida?
Nuestros hogares son el lugar más importante del mundo. Es ahí donde encontramos refugio y seguridad, allí vamos cuando no tenemos a dónde ir. Lo triste es que en la actualidad muchos hogares se han convertido en lugares de dolor y sufrimiento; la atmósfera es pesada y está llena de críticas y peleas. Todos se esconden de los demás en sus actividades, habitaciones, en el computador o mirando televisión. La comunicación llega hasta un “ajá” y cenar juntos es algo que casi nunca sucede.
Nuestro hogar es nuestra responsabilidad como padres, debemos crear un ambiente correcto para toda la familia. La actitud de uno afecta toda la casa, es por eso que la manera en que nos tratamos y nos comunicamos son importantes para construir un hogar estable y divertido en el que todos quieran estar. Muchos padres están reprendiendo y regañando a sus hijos todo el tiempo –y luego se preguntan por qué se van de la casa tan pronto o simplemente huyen–. El hogar debe ser el lugar favorito de todo el mundo para un niño, allí debe divertirse y sentirse seguro, protegido y edificado.
Si bien todos comparten esta responsabilidad, al final todo se reduce a la autoridad que Dios estableció sobre la familia, el padre, para asegurarse de que esto suceda. Es su responsabilidad compartir tiempo con los hijos y construir la atmósfera en el hogar al conectarse con el resto de la familia.
Desde que me casé, Dios me dio una palabra para mi casa: que yo debía procurar establecer Su reino en mi casa primero, y que debía hacerlo a través del fruto del Espíritu; que mi casa debía ser un hogar de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Solo imagina por un minuto cómo se vería tu casa si estas nueve cosas gobernaran a través del Espíritu.
Cuando Dios colocó a Adán en el Edén, el paraíso perfecto, le dio un propósito como hombre:
“Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase”. (Génesis 2:15)
En la actualidad, nuestros hogares representan ese paraíso, pero solo en la medida en que aprendamos a guardarlo y labrarlo. Requiere trabajo y esfuerzo. Tú debes ser proactivo en esta tarea; para ser el mejor en la vida, hay que comenzar con tu hogar.
  1. Aprende a cultivar a tu familia a través de pasar tiempo juntos, de jugar con tus hijos y a través de tus palabras de amor y afecto por los demás. Determínate a nunca dejar que el enemigo entre a tu hogar con palabras negativas y ásperas.
  2. Guarda tu casa a través de oración e intercesión. El tiempo más importante para cualquier familia es temprano, antes de que todos los demás despierten. Tus oraciones son la protección que evita que el enemigo entre a tu casa para destruir y cortar tu descendencia.
Si estás dispuesto a trabajar duro, tu hogar se puede transformar en un paraíso: el hogar perfecto donde el amor y la paciencia gobiernan y donde todos anhelan estar.