Cómo crear rutinas espirituales sencillas con niños pequeños
Cuando los niños están pequeños, tenemos uno de los regalos más grandes: la oportunidad de formar conexiones profundas en su cerebro y en su corazón. La ciencia ha demostrado que los primeros años de vida son clave para el desarrollo neuronal; las experiencias repetidas crean conexiones en su mente que permanecen a lo largo de los años. Y pienso: qué privilegio saber que, en medio de esas oportunidades cotidianas, podemos sembrar eternidad en sus corazones.
Como dice la Palabra: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). Hoy, incluso la neurociencia ha demostrado la veracidad de este principio: lo que se instruye en la infancia difícilmente se aparta del resto de la vida. Oro para que el Señor me encuentre fiel en esta etapa de la vida de nuestros hijos.
Hoy quiero compartir contigo algunas cosas prácticas que, con el tiempo, pueden convertirse en rutinas si las realizamos con constancia e intención.
En casa, una de las rutinas más valiosas que hemos construido es el devocional diario. Apartamos 30 minutos con un propósito claro: leer la Biblia, orar y adorar. No es un “check” en la lista de cosas por hacer; el propósito principal y lo que quiero sembrar en sus corazones es: “Primero Dios” y “Cada día tengo la oportunidad de tener un encuentro con Él”.
El pastor Ted Tripp habla de que lo único que el enemigo no puede imitar, y que nuestros hijos no encontrarán en nada de lo que ofrece este mundo, es la gloria de Dios. Por eso, nuestra tarea es mostrarla en casa, para que nuestros hijos aprendan a reconocerla, amarla y desearla.
Algo que nos ha ayudado muchísimo es conectar estos momentos con sus intereses o crear ambientes que llamen su atención. En el caso de nuestros hijos, ellos aman la música, así que durante la adoración cada uno toma su instrumento. No importa si aún no lo hacen perfecto; ellos saben que lo están haciendo para Dios, y en el fondo está quedando el mensaje correcto.
Otra rutina muy valiosa que podemos crear son los tiempos de lectura en familia. Hoy podemos encontrar mucha literatura que conecta con los niños y los guía a conocer quién es Dios. Al terminar la lectura en voz alta, conversamos:
“¿Dónde vimos a Dios aquí?”
“¿Qué entendiste?”
Es impresionante escuchar sus respuestas. Cuando les damos espacio para hablar, narrar y opinar, no solo escuchan la verdad, sino que comienzan a hacerla suya. Esta práctica nutre sus mentes, forma buenos hábitos de lectura y también les ayuda a desarrollar criterio sobre qué leer y qué no.
Otra práctica sencilla, pero profundamente formadora, es la memorización de la Palabra. Nosotros usamos el método de Charlotte Mason, que es muy sencillo y solo toma cinco minutos. Primero leemos el versículo en voz alta, luego lo repetimos juntos y, por último, repasamos algunos versículos aprendidos anteriormente. No somos expertos, pero estamos sembrando semillas que un día serán una espada afilada en sus manos.
Y quizás una de las rutinas más importantes es enseñarles a orar en todo tiempo, no como algo religioso, sino como nuestro primer recurso. Por ejemplo, cuando se caen o se lastiman, oramos por sanidad y consuelo; cuando hay una necesidad, oramos juntos pidiendo ayuda a Dios. Siempre hacemos una oración sencilla antes de salir de casa, antes de comer y antes de dormir damos gracias. Tratamos de hacerlo de manera natural, y ha sido hermoso ver cómo ellos responden con oración ante las situaciones cotidianas.
Charlotte Mason decía: “Los niños son personas”, y Jesús mismo pidió que dejaran que los niños fueran a Él. Eso significa que no debemos subestimar su capacidad de conocer a Dios. Desde pequeños pueden aprender a orar, adorar, dar, servir, decir la verdad y amar la iglesia. Y la forma más poderosa de enseñarlo es viviéndolo de manera práctica en nuestro día a día.
Hoy, más que nunca, necesitamos volver a lo sencillo: momentos intencionales donde nos esforcemos por estar presentes y seamos conscientes de cada semilla que podemos sembrar para todas las etapas de vida que ellos tienen por delante.
Invierte tiempo, invierte en libros, en actividades que los conecten, pero sobre todo invierte en tu relación personal con Dios. Y planifica cómo puedes implementar prácticas sencillas en las rutinas diarias de tus hijos que siembren una vida espiritual que crezca día tras día en ellos.